miércoles, 30 de enero de 2013

¿Por qué van los niños a la escuela?

Esta es una pregunta que en primera instancia, tiene una respuesta inmediata, claro, de nuestra parte y como adultos. Podemos responder diciendo que los niños van a la escuela porque deben o necesitan aprender ¿Aprender qué? También podemos responder diciendo que los niños requieren socializar, interactuar y aprender a convivir entre sus pares y con los adultos ¿Convivir de qué manera? O porque en la vida de toda persona requiere de la experiencia de vida y la escuela es una oportunidad controlada que durante once años le ofrece esa experiencia de vida ¿Qué tipo de experiencia?
Si le preguntamos a nuestros estudiantes ¿por que vas a la escuela? cuál será o serán sus respuestas. Muchos de nuestros estudiantes no manejan una respuesta elaborada, sino una respuesta estereotipada como: "venimos a la escuela porque debemos aprender". Los estudiantes que son adolescentes responden menos estereotipadamente, diciendo: "no sé por qué vengo a la escuela" o "voy a la escuela porque me han mandado mis padres" y algunos lo proyectarán al futuro diciendo "voy a la escuela por que quiero ser un profesional o porque deseo estudiar en la universidad".
Es muy probable que ellos, los estudiantes, si tengan una razón clara, válida o no, del por qué van a la escuela, pero lo que es muy difícil de comprobar, es si esas razones son las mismas que tenemos nosotros los adultos para convocarlos o para obligarlos a asistir. Me animaría a afirmar que no son las mismas razones.
¿Qué le ofrecemos a nuestros niños y adolescentes en las escuelas? Lo más común, es que cuando ellos llegan a la escuela queden sometidos a una estructura, a un sistema de normas, de contenidos y de intenciones pedagógicas que son impuestas "por su bien" y que muchas veces, ni siquiera son inducidos, motivados a asumir dichas estructuras. Con notables excepciones, existen propuestas pedagógicas que estableciendo un criterio de respeto a la persona del estudiante, lo van induciendo y van generando mecanismos de participación e integración para que las intenciones pedagógicas nazcan de un consenso o de un involucramiento y de una identificación progresiva. 
Caso contrario, nuestros estudiantes quedan únicamente sometidos a voluntades ajenas a sus expectativas, intereses y características propias de su edad. Qué delicado resulta, asumir la responsabilidad de tantas vidas, de tantas expectativas con la finalidad de formarlos y de educarlos.
Considero que no es una opinión tan desatinada, si propongo propiciar y ampliar el diálogo natural y democrático con nuestros estudiantes y construir propósitos e intenciones pedagógicas en un marco de entendimiento. La convivencia, los aprendizajes, las normas y las expectativas quedarían explícitas producto de esta construcción con sentido amplio. En breve plazo, seguro obtendríamos respuestas coherentes en maestros y estudiantes al encontrar razones válidas, conscientes y plenamente identificadas para responder ¿Por qué van nuestros estudiantes a la escuela?