lunes, 1 de febrero de 2010

Entre el Premio y el Castigo

EL PREMIO
Todo aquel evento u objeto que gratifica o estimula a una conducta permitiéndole que ésta permanezca en el tiempo y se haga fuerte se le conoce con el nombre de premio. El premio es relativo al sujeto que lo recibe, así por ejemplo, lo que puede ser gratificante para una persona puede no serlo para la otra. Es difícil escoger un premio que estimule por igual a todas las personas. Los premios pueden ser de tipo verbal: alguna frase positiva o agradable a la persona puede ser estimulante, también las caricias: abrazos, besos u otra manifestación de cariño pueden ser gratificantes para la persona.

El premio tiene la facultad de ser un buen activador o motivador de conductas, genera un sentimiento positivo sobre nuestros actos, generalmente tiende a perdurar más en el tiempo.

Por otro lado el premio condiciona las conductas, es decir crea una expectativa sobre la aparición o no del estímulo gratificante. Esto puede generar lo que comúnmente llamamos: “conductas interesadas”, éstas son conductas que se sujetan con cierta intensidad a los premios que se van a presentar luego de emitidas. Por ejemplo: el ansiado premio después de un buen calificativo o la felicitación de una buena acción.

No se niega la importancia que el premio tiene sobre nuestras vidas y obviamente su influencia como motivador, pero es importante cuestionar si es que es suficiente el premio para aprender a vivir.

EL CASTIGO
Todo evento o condición que elimina o suprime una conducta se le considera como castigo. Cuando deseamos eliminar o desaparecer una conducta que consideramos inadecuada solemos utilizar el castigo. El castigo puede ser: enfrentar a una persona o a una situación desagradable, aplicar un estímulo físico dañino lo que conocemos como castigo físico, verbalizar frases que hieren o dañan a la persona en su dignidad de persona. Todo lo mencionado se utiliza para controlar una conducta que consideramos inadecuada.

El castigo en una técnica efectiva, que generalmente tiene un efecto inmediato sobre la persona, este detenimiento de la conducta inadecuada tendrá que ver directamente con la intensidad del castigo. De igual forma que en el premio, el castigo es diferente para cada persona, no todas las personas suprimen sus conductas inadecuadas con el mismo tipo de castigo.

El castigo también condiciona las conductas, es decir, dejamos de emitir una conducta por los efectos que el castigo va a tener sobre nosotros, en este punto podemos hablar de miedo o temor; en otras palabras es el temor al castigo lo que controla las conductas.

El castigo tiene un costo sobre la persona, ya que éste resta seguridad y nos produce miedo, tiene un costo emocional, afecta su estabilidad emocional negativamente. Niega toda posibilidad de defensa, nos hace pasivos o resistente. Siendo el castigo la medida más extrema de control, la pregunta que surge después es: ¿Qué hay luego del castigo? ¿Existe algo peor y más lesivo que el castigo?


Reflexionamos
A menudo nos encontramos como padres en la indecisión acerca de cómo debemos actuar frente a nuestros hijos, nuestras decisiones oscilan generalmente entre el premio y el castigo. En muchos casos preferimos el premio y en otros el castigo; nuestras preferencias dependen sobretodo de nuestra historia familiar. Al respecto, debo decir, que muchas de nuestras conductas son aprendidas y replicadas casi de igual forma como nos educaron en nuestra infancia. Basta retroceder algunos años y recordar aquellas actitudes de nuestros padres hacia nosotros y como éstas marcaron en nuestra memoria recuerdos agradables o dolorosos.

Lo cierto es que, muchas de nuestras actitudes respecto a nuestros hijos están afectadas por nuestra propia educación infantil y reproducimos lo que nuestros padres hicieron con nosotros con el clásico argumento:”Si Yo soy un hombre de bien y soy un buen padre y mis padres me educaron así, entonces ¿porqué Yo lo voy hacer de otra manera?”. En apariencia, es lógico pensar de esta forma, porque creemos que lo que funcionó con nosotros mismos puede funcionar con otros, en este caso, con nuestros propios hijos. Por otro lado, se está considerando sólo la historia de un miembro de la pareja, cada padre, me refiero a papá y mamá, cada uno tiene una historia diferente de crianza y una forma distinta de aprender, nuestro hijo nace en un ambiente familiar distinto al nuestro, en un contexto diferente, en una época diferente y por último, nosotros como padres nunca podremos ser iguales a nuestros propios padres.

Muchas veces nos cuesta aceptar esa realidad. La formación personal de nuestros hijos depende de la integración, de la fusión de nuestras historias personales (de ambos padres), de la creación de una historia nueva con métodos nuevos, con nuevos argumentos y todo esto supone un gran esfuerzo de nuestra parte, supone tener que revisar nuestras propias vidas.

Pienso que el esfuerzo y el malestar que podrían generar estas reflexiones con relación a la educación de nuestros hijos, valen la pena, les digo por qué:
• Porque lo más importante que tenemos en nuestra manos es la formación de ellos.
• Porque de nosotros depende el tipo de hombre, de padre, de profesional, de ciudadano que será él o ella, el día de mañana.
• Porque lo más importante que podemos dejar a nuestros hijos es su formación como personas. Los objetos materiales perecen con el uso y el tiempo. La formación permanece por encima de toda circunstancia, resiste el tiempo y las adversidades. Los valores no se destruyen, son sólidos, se arraigan en el fondo de nuestro espíritu y permanecen en él.
Nada resulta más importante que la formación de nuestros hijos y nada más prioritario que su educación.
Revisemos un poco nuestras vidas, nuestras actitudes personales, preguntémonos qué sentimos después que dañamos a nuestros hijos. Sin lugar a dudas, el daño es para ambas partes, no convirtamos nuestras vidas en un sufrimiento constante. No tenemos derecho de hacer sufrir a nuestros hijos, basta con medir nuestras diferencias de edad y de experiencia para reflexionar, basta entender que todos podemos equivocarnos, que todos tenemos habilidades distintas y en distintas proporciones para entender que nuestros hijos no tienen que ser iguales a nosotros ni a otras personas, basta con saber que los trajimos al mundo voluntaria y responsablemente para amarlos y hacerlos felices y que nuestra misión, tarea, responsabilidad, rol , es formarlos y educarlos a la luz de una sólida moral con valores legítimos, no circunstanciales y superfluos. Estimados padres, les aseguro que vale la pena apostar por nuestros hijos, ellos son lo más cercano a nuestros sentimientos y nosotros a su vez de ellos. Amémoslos genuinamente, sin miedos y con todo nuestro corazón, esta es la mejor fórmula para hacerlos felices y para sentirnos felices.